23/03/2011

Tribus de Etiopía: Los Hamer

Tribus de Etiopía: Los Hamer



El río Omo es un auténtico santuario para el viajero, uno de los pocos paraísos que todavía quedan donde se encuentra la mayor diversidad étnica de África y probablemente del mundo. Allí habita una miríada de tribus que mantiene intactas sus costumbres y formas de vida ancestrales. Para recorrer este territorio salvaje y conocer el fascinante mundo de sus culturas nada mejor que empezar por los Hamer, el grupo más numeroso.
 

 
Al suroeste de Etiopía se encuentra la región denominada “Naciones y Pueblos del Sur”. En ella hay dos grandes parques nacionales, el del Omo y el Mago, donde se reúne la mayor concentración de tribus y etnias de África, un universo aparte, un territorio donde el tiempo se detuvo hace muchos siglos.
 
 
Los parques nacionales al sur, cerca de la frontera con Kenya.
 
Estos parques nacionales son de difícil acceso; para llegar a ellos y recorrerlos es preciso hacerlo en vehículo todoterreno, sin embargo los paisajes y la diversidad cultural que ofrecen hace que el esfuerzo merezca la pena sobradamente.
 
 
En primer plano la pista que conduce al valle del Omo, al fondo.
El río Omo no desemboca en el mar sino que muere en el lago Turkana, prácticamente en la frontera con Kenia. Muy cerca de allí, al norte, se extiende el territorio de los Hamer, la tribu más numerosa de la región. Nos encontramos a mil kilómetros de la capital, Addis Abeba.
 
 
 
La mayoría del territorio de las Naciones del Sur debe atravesarse rodando sobre pistas, las cuales se vuelven intransitables durante la época de lluvias que suele coincidir con los meses de Marzo y Abril, período en el que los Hamer permanecen en sus aldeas ocupándose de tareas domésticas.
 
Cuando llueve lo hace de manera torrencial con cambios muy bruscos. En la fotografía, si hubiéramos tardado cinco minutos más en llegar a este punto la crecida de este río nos hubiera impedido pasar y habríamos tenido que retroceder para acampar a la espera de que el caudal volviera a permitir el paso.
 
 
 
 
Después de las lluvias, de Mayo a Septiembre, los pastores retoman la vida nómada para trasladarse con sus rebaños en busca de buenos pastos. Finalmente, durante la época seca que se extiende desde Octubre hasta Febrero, vuelven a los poblados para dedicarse a la siembra de sorgo, mijo y maíz principalmente.
 
 
Después de las lluvias los pastores salen con sus ganados en busca de pastos.
 
Los Hamer, como casi todos los grupos étnicos vecinos, practican antiguas creencias animistas, viven de la agricultura y –sobre todo- del pastoreo de vacas y cabras. Otra de sus habilidades es la recolección de miel, en lo que son verdaderos expertos.
 
 
Panales que fabrican los Hamer para colgarlos de las acacias.
 
Los hombres lucen peinados muy característicos sobre los que se colocan adornos de colores y plumas. Si llevan un casquete de piel o pelo significa que han cazado un gran animal salvaje.
 
 
 
El tocado indica que este hombre ha matado una fiera.
Frecuentemente exhiben cartucheras de cuero en la cintura ya que los hombres Hamer como los de otras tribus vecinas portan rifles para defenderse de las alimañas y, en ocasiones, para resolver diferencias entre tribus rivales generalmente por cuestiones de robo de ganado.
 
 
En la mayoría de estas tribus muchos hombres van armados con rifles.
Todos los hombres, sin excepción, llevan palos, paraguas o viejas sombrillas que usan a modo de bastón y también para apoyar la carga sobre los hombros. Otro accesorio imprescindible para el hombre es un pequeño taburete de madera que sirve tanto de asiento como de almohada cuando se tumban a dormir.
 
 
 
El cultivo más extendido en esta zona es el sorgo, un cereal que soporta el calor extremo, es muy resistente a la sequía y se conserva durante largo tiempo en los graneros.
 
Cuando los granos maduran es preciso defenderlos de la voracidad de los pájaros; para ello, los Hamer construyen unas pequeñas plataformas elevadas en mitad de estas plantaciones desde las cuales niños y jóvenes pasan la mayor parte del día disparando piedras con sus hondas a todo pájaro que se acerque a comer el grano.
 
 
Una mujer acarrea paja de sorgo en el mercado.
Es difícil que los Hamer padezcan hambre o sed por la falta de lluvias. Conocen palmo a palmo su territorio y saben dónde encontrar agua en cualquier época del año. Cuando las cosas se ponen difíciles recurren a excavar los cauces secos de los ríos en los puntos donde corren aguas subterráneas.
 
 
 
Hace una década el gobierno etíope construyó una red de pozos con manivela para que estas tribus tuvieran un mejor acceso al agua en temporada seca y extrajeran el agua más limpia y saludable, ya que la que obtienen de los agujeros que perforan es muy turbia, de un color marrón grisáceo.
 
 
Como en toda África, la tarea de recoger agua y transportarla hasta el poblado corresponde a las mujeres. Para ello utilizan calabazas secas, aunque cada vez es más frecuente verles con los típicos bidones de plástico amarillo tan extendidos en Etiopía.
 
Cargan tanta agua como les es posible aguantar sobre su cuerpo para no tener que hacer dos viajes, ya que los desplazamientos son muy largos. A diferencia de muchos lugares del mundo, estas tribus africanas no transportan nada sobre la cabeza sino en las manos o a la espalda, mediante unas rústicas mochilas que fabrican con cuerdas y pieles de cabra.
 
 
La calabaza tiene múltiples usos y las mochilas son uno de los accesorios más preciados.
Es difícil de creer pero la rueda no existe, no se utiliza, es como si no la conocieran. No hay carros ni animales de tiro y todos los desplazamientos los hacen caminando y cargando sobre su cuerpo todo el equipaje.
 
Como ya vimos en nuestro viaje al País Dogón, la calabaza juega un papel imprescindible en la vida de los pueblos de África. Entera sirve para almacenar y transportar líquidos, grano o harina; cortada por la mitad es un excelente cazo para servir, comer, beber o protegerse la cabeza del sol abrasador.
 
 
SIn calabazas África lo pasaría mucho peor.
 
Etiopía siempre ha presumido de la belleza de sus mujeres, no en vano tienen fama -y bien ganada- de ser las más hermosas de África. La mujer Hamer es muy llamativa. Sus facciones son armoniosas y cuidan mucho su aspecto desde niñas.
 
 
Lo más característico es su peinado de finas trenzas untadas con una mezcla de polvo ocre y agua o manteca de vaca, pasta con la que también se maquillan. Curiosamente, este aspecto es común a otras mujeres de tribus muy lejanas como las Himba de Namibia, lo que hace pensar que tienen un origen nilótico común.
 
 
El atuendo consiste en una falda y un peto de piel de cabra decorados con filas de conchas marinas que obtienen en los mercados mediante trueque con otras tribus que las traen desde las costas del Índico. Más modernamente han ampliado su vestuario con la camiseta, que liada hacia arriba les sirve de sujetador.
 
 
Como los Masai de Kenya, tanto a ellas como ellos les encanta embellecerse con cuentas de plástico de vivos colores y se perforan los lóbulos de las orejas para colgarse cualquier cosa que les llame la atención.
 
Botones, plumas, correas metálicas de viejos relojes, etiquetas..., todo puede ser favorecedor si se lleva con estilo, incluso unas llaves, un uso muy imaginativo ya que ellos no saben para qué sirven, no tienen cerraduras.
 
 
Son muy presumidos, tanto ellas como ellos. Una etiqueta puede ser un original pendiente. ¿Para qué sirven las llaves aquí?, para ir guapo.
La mujer Hamer es muy presumida y luce numerosos brazaletes y pulseras en brazos y piernas.
 
Muchas de ellas llevan un collar de hierro con una prominencia delante: es el símbolo de las primeras esposas. La mujer casada tiene un rango social superior a la soltera, y además, si es la primera esposa disfruta de más derechos y ostenta su autoridad sobre el resto de esposas de su marido.
 
 
Esta joven luce el collar de primera esposa.
 
Otra de las costumbres que usan para embellecer sus cuerpos es la escarificación, una técnica muy dolorosa pero practicada y apreciada tanto por los hombres como por ellas.
 
Como en la mayoría de culturas del continente, los niños son circuncidados en la pubertad y las adolescentes cuando empiezan a ser fértiles y tienen la primera menstruación son sometidas a la ablación o amputación del clítoris.
 
Esta práctica está oficialmente prohibida por el gobierno sin embargo las tribus, que viven muy ajenas a las leyes del país, siguen practicándola por voluntad de las propias mujeres.
 
 
 
En Occidente tenemos una opinión rotundamente contraria, sin embargo en estas culturas está tan arraigado este hábito que son las propias jóvenes las que piden ser intervenidas. “Todas las mujeres de mi aldea se la han hecho, ¿por qué no me la puedo hacer yo?, ¿quieren que sea la extraña entre todas?...”
 
A lo largo de mis viajes he visto y vivido situaciones complejas, pero nunca me he sentido tan turbado como ante estos argumentos escuchados a las propias muchachas Hamer. Ellas quieren ser como sus madres, hermanas y amigas; quieren seguir unos modelos adoptados a lo largo de generaciones y odiarían ser diferentes, extrañas en un mundo tan pequeño y cerrado como el que les rodea.
 
 
 
No parece importarles la renuncia al placer sexual, el dolor, los métodos o las precarias condiciones sanitarias en las que tendrán que cicatrizar y recuperarse, pero tienen muy claro que no someterse a la ablación del clítoris las marginaría y convertiría en unas desgraciadas para el resto de sus vidas. Serían rechazadas por su entorno.
 
En una sociedad donde el máximo logro para una mujer es formar una familia, ¿quién se querría casar y crear una familia con ellas?, ¿quién las protegería?, ¿quién querría ser su amiga?. Con toda probabilidad acabaría desterrada, expulsada de la aldea, pidiendo limosna o vagabundeando hambrienta por la sabana a merced de los animales y de hombres que con toda seguridad la violarían.
 
 
En los países avanzados una mujer puede romper con todo e iniciar una nueva vida en otro sitio, sólo precisa ser un poco valiente. Aquí no, aquí ni puede ni quiere. ¿A dónde iría?, ¿dónde sería bien recibida?, ¿cómo podría sobrevivir sola en un hábitat tan hostil sin agua, sin un puñado de sorgo, sin una pequeña cabra?.
 
Sentado sobre un tronco seco tomaba un sorbo de agua de mi cantimplora mientras observaba a aquellas mujeres. Pensaba en las veces que desde Occidente hemos condenado la ablación del clítoris y en el hecho de no entender por qué ciertos hábitos culturales tarden tanto en desaparecer.
 
Bla, bla, bla… qué fácil es opinar con las zapatillas puestas y una cerveza fresca en la mano, cómodamente sentado en el sofá del salón mirando los documentales de “La 2”.
 
 
 
Pero allí seguían ellas, delante de mí, hablando y bromeando entre sí. Unas dando de mamar a sus bebés, otras haciendo harina de sorgo, otras acarreando agua u ocupándose de hacer la cena para cuando regresaran los hombres a la aldea.
 
No es sencillo extirpar ciertas costumbres perjudiciales en culturas tan viejas, herméticas y aisladas. En todo caso es una tarea lenta, muy lenta, que hay que abordar por colectivos, no por individuos.
 
El día en que ellas, y sobretodo su comunidad, entiendan que la ablación del clítoris es perversa tanto por sus métodos como por sus consecuencias, África será un poco más feliz.
 
Estos artículos se publican también en la página web DigitalCamaraLens.com, dentro de la sección "Grandes Viajes".

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marcela

investigacion muy buena feleicitacione !!!

13/05/2014

marcela

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13/05/2014

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