03/03/2013

Por los valles blancos de Navarra.

Por los valles blancos de Navarra.



Un viaje a los rincones del norte de Navarra

 
El invierno de 2013 está discurriendo con extrema dureza en algunas zonas de la península ibérica.
 
Borrascas, frentes fríos y masas de aire polar se suceden sin solución de continuidad haciendo que más de uno se pregunte qué hay de cierto en la teoría del calentamiento global.
 
 
La costa norte tampoco se ha librado de los efectos de este invierno tan inclemente y ha sido testigo de una ciclogénesis explosiva que ha azotado con gran violencia el litoral cantábrico.
 
 
 
En muchas zonas del Pirineo ha estado nevando copiosamente durante 24 días seguidos. Las sucesivas capas de nieve han hecho desaparecer prácticamente los cercados y el ganado que habitualmente pasta por estos ricos prados permanece estabulado desde hace semanas alimentándose de heno y pienso.
 
 
Ya que tengo tan próximo el norte de Navarra y aprovechando una ventana de buen tiempo me he acercado para echar un vistazo, así que armado con una Nikon D600 y algunas lentes como el 14-24mm f2,8, el 24-70mm f2,8 y el 85mm f1,4 (y las cadenas y un gorro de lana, como es natural) he puesto rumbo a la zona.
 
 
En esta parte del País Vasco el paisaje blanco es habitual ya que todos los inviernos nieva, pero una acumulación de nieve tan enorme es inusual.
Mi recorrido empieza en pueblos tan bellos como Espinal o Burguete, donde las máquinas quitanieves y los vecinos con sus palas ya han limpiado las calzadas para facilitar el paso de vehículos.
 
Calle principal de Burguete
Ayudados por un repentino ascenso de las temperaturas la mayoría de los tejados se encuentran libres de nieve y el hielo sólo se mantiene en zonas muy umbrías.
 
La hermosa arquitectura de la zona demuestra que están muy familiarizados con esta meteorología. Los tejados muy verticales impiden que la nieve se acumule en exceso evacuándola por gravedad bajo el efecto de su propio peso, pero cuando la precipitación es tan abundante y continua puede derrumbar techumbres y arrancar chimeneas.
 
 
La calefacción de las casas también ayuda a que los tejados se liberen antes de la nieve, en todo caso, a pesar de las continuas y copiosas precipitaciones las temperaturas no han sido demasiado bajas y el deshielo es muy rápido.
 
 
Continúo mi camino hacia Roncesvalles, el lugar donde peregrinos de todo el mundo acuden para comenzar el Camino de Santiago.
 
 
Todavía hay que emplearse a fondo para limpiar accesos cubiertos por capas de nieve de hasta dos metros de altura, una tarea que hay que repetir cada dos días porque la siguiente nevada lo vuelve a dejar todo como al principio.
 
 
También en el claustro de la Colegiata la nieve ha alcanzado cotas excepcionales que han obligado a cerrarlo a los visitantes por riesgo de desprendimientos.
 
 
Continúo mi recorrido y me dirijo hacia el Este por el fascinante valle de Aezkoa. Llego a las puertas de la selva de Irati pero, como me temía, el acceso es imposible sin raquetas. Muy cerca de allí, escondida en una pequeña garganta, cubierta por la exuberante vegetación y casi olvidada, se encuentra la fábrica de armas de Orbaitzeta, una joya de la arquitectura del siglo XVIII, un lugar de aspecto enigmático en el corazón de estos valles.
 
 
Llama la atención su estado de abandono a pesar de haber sido declarada Bien de Interés Cultural. Este complejo de arqueología industrial lleva mucho tiempo en mi lista de “reportajes pendientes”. Algún día acabaré haciéndolo.
 
 
 
Atravesando la zona más alta y fría de la Aezkoa paso por pueblos congelados como Aribe o Abaurrea Alta y desciendo suavemente hacia el valle de Salazar.
 
 
 
Hasta ahora me ha acompañado un cielo gris plomizo que no ayudaba mucho a mi cámara a resaltar el colorido de estos paisajes, pero por fin el sol se ha decidido a salir, justo en el momento en el que llego a uno de los pueblos más bellos de la zona: Ochagavía.
 
 
El puente medieval, las casas de arquitectura típica pirenaica alineadas a lo largo del río y el entorno de bosques y montañas hacen que Ochagavía sea un pueblo de postal.
 
 
Continúo por el valle salacenco donde el paisaje nevado sigue siendo la constante en todo mi recorrido. Y al poco, en un rincón del camino aparece Uztarroz, otro precioso pueblo cubierto por el espeso manto blanco.
 
 
 
Una vecina se afana en quitar la nieve de la puerta de su casa. Cuando no nieva son los tejados los que vuelcan toda su carga sobre las calles. La mujer me comenta con ironía que los visitantes le envidian por vivir en un pueblo tan bonito: “Me gustaría verles teniendo que pasar un mes retirando a diario la nieve de la puerta para poder salir de casa…”
 
 
 
Poco a poco llego al final de mi pequeño viaje invernal, Isaba, el último pueblo del valle de Roncal donde cada fin de semana se reúnen montañeros, esquiadores y amantes de la naturaleza.
 
 
Saliendo de Isaba hacia la frontera con el Bearne francés atravieso otro de los fantásticos valles del norte de Navarra, Belagua.
 
 
La carretera va cogiendo altura, las cimas están cada vez más cerca y una formidable capa de nieve a ambos lados de la carretera presagia que no voy a poder avanzar. Mis malos augurios se cumplen y a los pocos metros de empezar el puerto un operario de quitanieves me conmina a dar media vuelta, se ha cerrado el puerto por riesgo de aludes.
 
 
Mala suerte, habrá que esperar a otra ocasión para ver de cerca las cumbres más altas del Pirineo, la Reserva Natural de Larra y otros parajes únicos que sólo pueden admirarse aquí.
 
 
Ya de regreso hacia el sur el paisaje va perdiendo el color blanco. A ambos lados de la carretera las cascadas tratan de evacuar la ingente cantidad de agua del deshielo que la tierra no es capaz de absorber.
 
 
Dentro de unas semanas estos valles blancos se volverán verdes y rebosarán vida. Sus generosos  campos se llenarán de animales pastando, de hombres y mujeres trabajando; sus exuberantes bosques de infinitos matices verdes serán refugio y alimento para la vida salvaje, todo gracias a esta nieve que ahora lo cubre todo.
 
 
 
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