06/07/2013

Paseando por el Congost de Mont-rebei.

Paseando por el Congost de Mont-rebei.



Aprovechando los exuberantes paisajes del incipiente verano de este año insólito en lo meteorológico nos vamos al Alto Aragón. Paisajes de montaña y desfiladeros; no hay mejor escenario para probar la recuperación de este pie que me acaban de operar. Caminaremos por tierras del Montsec aragonés bordeando las aguas azul turquesa del Noguera Ribagorzana.

En 2013 ha nevado y llovido como nadie recuerda; en primavera ha seguido siendo invierno y en zonas como el norte de la península hasta el 60 de Mayo no nos hemos quitado el sayo. Esta climatología excepcional ha retrasado los tiempos de la naturaleza pero ha favorecido que en este principio de verano tengamos unos paisajes de una abrumadora belleza.  
Comienzo mi recorrido en la comarca oscense de Ribagorza para dirigirme hacia el congost (congosto o desfiladero) de Mont-rebei, donde el Noguera Ribagorzana dibuja la frontera entre Huesca y Lleida. Durante el verano Benabarre y toda esta zona del Alto Aragón oriental sufre un clima extremadamente seco, pero tras una primavera inusualmente lluviosa el paisaje mantiene un verde fresco combinado con los campos dorados de cereales.   
El casco antiguo de Benabarre nos habla de un pasado medieval compartido con huellas de clara influencia musulmana. Sus calles cubiertas con solivos y argamasa son un refugio magnífico contra el sol implacable de la época estival.  
 
Algunas fachadas conservan escudos y elementos del barroco y renacimiento.  
Benabarre fue tierra de realengo, es decir, no perteneció ni a la iglesia ni a la nobleza sino al rey. Su toponimia sugiere que procede de Ibn Awar, nombre con que se llamaba a este lugar cuando fue conquistado a los musulmanes por Ramiro I.  
Fue él, Ramiro I quien ordenó construir el principal edificio de Benabarre, el castillo, a principios del siglo XI. Durante este tiempo la fortificación ha vivido todo tipo de avatares siendo destruida y reconstruida en las guerras contra Cataluña, la guerra de la Independencia o las Guerras Carlistas.  
Mil años después, tras la última reconstrucción, el castillo de los condes de Ribagorza sigue dominando los cuatro puntos cardinales desde su privilegiada atalaya.  
A 3km. De Benabarre se encuentra el pequeño municipio de Viacamp en cuyo término se encuentra la sierra del Montsec de L’Estall, a donde nos dirigimos para visitar el desfiladero de Mont-rebei.  
Las casas de esta pequeña población fueron construidas a los pies de una colina coronada por una torre fortificada y una ermita con el cementerio adosado a uno de sus muros.  
Ascendiendo hacia la colina encontramos una señalización que indica que debemos tomar una pista que nos llevará hasta nuestro destino. El firme está sin asfaltar y no presenta problemas para circular en coche, eso sí, sin superar los 25 km/h y con precaución ya que la mezcla de gravilla y tierra seca provoca patinazos. Ah, un consejo: si se quiere ver el paisaje es mejor que no vaya ningún vehículo por delante, las ruedas levantan una enorme polvareda que se mete por todos los rincones del coche, incluido el maletero.  
A través de esta pista se penetra en la sierra del Montsec aragonés, un vasto territorio de montaña media que transita entre la depresión del Ebro y las altas cimas del Pirineo.  
Por el camino se ven los restos de antiguos núcleos de población que hoy en día están deshabitados. Muros derrumbados, tejados desplomados y construcciones invadidas por la vegetación son los únicos vestigios de lo que un día fueron pueblos como l’Estall, Finestras o Montfalcó.   
Pueblos levantados en tierras de soledad, en mitad de la nada, donde el clima hostil y la incomunicación provocaron el éxodo de sus moradores en busca de un lugar donde la vida fuera un poco más fácil.   
Hoy estas minúsculas aldeas olvidadas nos hablan de la lucha de aquellos habitantes por sobrevivir, como Santiago Pena, el último vecino de l’Estall, que vivió en completa soledad desde 1974 hasta 2003, año en el que abandonó el lugar. Durante ese tiempo vivió en lo que había sido la escuela del pueblo.  
Tras 16 km. rodando por la pista aparece una moderna construcción; es el albergue de Montfalcó donde sirven comida y bebida a los senderistas que llegan hasta aquí. Un pequeño aparcamiento sirve para dejar el vehículo e iniciar desde aquí la caminata hacia el congost de Mont-rebei.  
La primera parte del sendero es un bonito paseo sombreado por un espeso bosque bajo que desciende suavemente hacia el cauce del Noquera Ribagorzana.  
Casi todos los congostos o desfiladeros poseen unas condiciones climáticas constantes, sin grandes altibajos de temperatura, sin apenas cambios externos. Esta circunstancia hace que desarrollen un microclima donde viven especies endémicas de animales y vegetales.   
Aquí abunda el pino, la sabina negra y el enebro, cuyas maderas son muy resistentes a la putrefacción y por ello muy apreciadas en carpintería. En el caso del enebro, además, su madera es aromática y de ella se extraen aceites con propiedades curativas para heridas y dermatitis.   
A medida que nos aproximamos al río la vegetación va aclarándose y el sendero, muy bien señalizado y cuidado, va alternando rampas con amplios escalones de grava construidos para salvar con más facilidad los fuertes desniveles de algunos tramos.   
Al llegar cerca de la orilla el sendero desaparece y de las profundidades del río emerge una pared vertical que impide continuar salvo que se haga a nado; hemos llegado al primer tramo de pasarelas.   
Para franquear el gigantesco obstáculo se ha instalado una estructura de madera sustentada por perchas metálicas ancladas directamente sobre la roca.
Las pasarelas ascienden por la pared alternando tramos de escaleras y rampas. Una barandilla de cables de acero ayuda a mantener el equilibrio. Sin duda esta parte de la excursión no es apta para quien padezca vértigo.
Mediante esta ingeniosa solución se recupera altura hasta lo alto del farallón, desde donde continua el sendero hacia dentro del congost.
A partir de aquí el recorrido se endurece adquiriendo el aspecto de una montaña rusa con constantes subidas y bajadas cortas pero de mucho desnivel. Ahora casi todo son tramos de escalones y en algunos recodos se han instalado barandillas para evitar riesgo de caídas.
En esta parte del camino ya no hay vegetación que preste su sombra al excursionista; el sol está alto, quema la piel y reseca los labios, hay que beber agua con frecuencia. Para aumentar el contraste, miro hacia el río y veo piragüistas que navegan plácidamente por la fresca superficie de las aguas de color turquesa, ¡quien pudiera estar ahí abajo!, suspiro…
Más allá vuelve a repetirse la misma situación, el sendero muere a los pies de una nueva muralla de piedra, esta vez más alta, en la que se ha instalado un segundo grupo de pasarelas.
Nuevamente hay que subir por ellas para alcanzar la zona alta de la pared y retomar el camino que lleva por el congost. Es inevitable interrumpir el ascenso de vez en cuando para observar las aguas azul turquesa de este paraje incomparable.
Ya desde lo alto la vista del paisaje invita a descansar cinco minutos y disfrutar del entorno espectacular. A lo lejos planea una pareja de quebrantahuesos; estamos en su territorio.
A partir de este punto se inicia un fuerte descenso hacia la pasarela de Mont-rebei que vuela sobre el Noguera Ribagorzana. Aquí termina el tramo del Montsec aragonés ya que al otro lado del puente la tierra es catalana y el sendero nos llevará hacia el embalse de Canelles.
Hemos recorrido la mitad de este fantástico sendero paseando con Miss D. y en ningún momento hemos echado de menos ninguna otra óptica, ni por distancia focal ni por calidad; magnífica. Continuaremos con ella hasta el final, en la próxima etapa nos aguarda un camino lleno de sorpresas y paisajes de enorme belleza.
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