02/04/2010

Altamira: relato de un descubrimiento

Altamira: relato de un descubrimiento



Cantabria es una región excepcional por muchos motivos. Tierra de exuberantes paisajes, guarda con mimo numerosos tesoros que la naturaleza y la mano del hombre le han regalado. Entre ellos, cómo no, la cueva de Altamira, un lugar asombroso que nos muestra como éramos en el principio de los tiempos.

El invierno da sus √ļltimos zarpazos y con los primeros rayos de sol la campi√Īa c√°ntabra muda su blanco manto helado por un verde intenso que tapiza el paisaje hasta el √ļltimo rinc√≥n.
 
Amanece y la fría brisa matinal trae a las aldeas sonidos de cencerros lejanos anunciando el comienzo de un nuevo día. Las ramas desnudas de los árboles muestran las primeras yemas, preludio de la inminente primavera. La vida despierta de su letargo invernal.
 
Mientras la ma√Īana se despereza serpenteo con mi coche por uno de los bell√≠simos valles de la costa occidental de Cantabria en direcci√≥n a un lugar que tambi√©n ha despertado de otro letargo esta vez mucho m√°s largo: 15.000 a√Īos de silencio y oscuridad. Destino: Altamira.
 
Sobre una de las verdes colinas de la sierra de Juan Mortero que rodea el monumental pueblo de Santillana del Mar se encuentra la cueva de Altamira, probablemente el conjunto de arte rupestre m√°s importante del mundo y un verdadero hito en la historia de la humanidad.
 
Modesto Cubillas era un humilde aparcero que explotaba unas tierras de pasto que había alquilado a D. Marcelino Sanz de Sautuola. Modesto era aficionado a la caza y acostumbraba a salir con su perro para cobrar alguna pieza.
 
Un d√≠a, paseando por una de las praderas que ten√≠a por nombre ‚ÄúAltamira‚ÄĚ, vio que su perro desaparec√≠a por una peque√Īa grieta entre rocas y maleza. Como tardaba en aparecer, lo llam√≥ pero el animal no respond√≠a. Al ir a buscarlo removi√≥ algunas piedras y pudo darse cuenta de que aquello era la entrada de una gran caverna. En el interior, a pocos metros, su perro olfateaba unos huesos.
 
D. Marcelino Sanz de Sautuola, arrendador de Modesto, era un hidalgo culto y de numerosas inquietudes. Licenciado en Derecho, desde joven hab√≠a demostrado gran inter√©s por las Ciencias Naturales, la silvicultura y otras disciplinas. De hecho fue √©l quien plant√≥ el primer ejemplar de eucalipto en Cantabria hace ya casi 150 a√Īos.
 
En 1878, con ocasión de un viaje a la Exposición Universal de París, Sautuola, que era también un gran aficionado a la paleontología, pudo visitar el pabellón de Ciencias Antropológicas. Allí contempló con sorpresa numerosos fósiles y piezas de silex semejantes a las que él hallaba y coleccionaba en sus paseos por los montes.
 
A su regreso, D. Marcelino, que no era un vulgar coleccionista o aficionado a la prehistoria (de hecho fue miembro de la Academia de la Historia), espoleado por lo que había visto en París se puso manos a la obra explorando las numerosas cuevas que existen en los alrededores de esa sierra.
 
Además de arrendarle algunos pastos a Modesto, Sautuola le encargaba algunos trabajos de poda de árboles, etc., de manera que entre ambos tenían una relación frecuente. En uno de aquellos encuentros, el aparcero, que conocía las aficiones del hidalgo, le relató el suceso del perro y la existencia de aquella caverna oculta por la maleza.
 
D. Marcelino, que para entonces ya hab√≠a explorado muchas de las cuevas del entorno, como la de El Pendo, Cobalejos, El Poyo y varias m√°s, decidi√≥ ir a visitar aquel extra√Īo lugar que le hab√≠a descrito Modesto. Corr√≠a el a√Īo 1876. Ya en la primera inspecci√≥n de la cueva encontr√≥ el mayor n√ļmero de restos de fauna y √ļtiles de uso cotidiano antiguos que jam√°s hab√≠a visto. Tambi√©n observ√≥ grabados y peque√Īas pinturas en las paredes de las cinco galer√≠as que componen la caverna.
 
Hizo m√°s visitas a Altamira en las que reuni√≥ m√°s herramientas de silex y objetos, sin embargo no advert√≠a que por encima de su cabeza hab√≠a un inmenso lienzo con pinturas que decoraban el techo de la sala principal. Tres a√Īos m√°s tarde, en 1879, hizo una nueva visita a la caverna, esta vez acompa√Īado de su peque√Īa hija Maria Justina de 8 a√Īos. Mientras D. Marcelino inspeccionaba de nuevo el suelo y las paredes, la ni√Īa mirando al techo pronunci√≥ la c√©lebre frase: ‚Äú¬°Pap√°, mira: bueyes pintados‚Ķ!"
 
Sautuola qued√≥ inm√≥vil, extasiado ante las pinturas que su hija le acababa de revelar. Inmediatamente fue consciente de la importancia del hallazgo, lo comunic√≥ por carta a alguno de sus amigos antrop√≥logos, envi√≥ un informe a la Academia y en 1880 public√≥ el ya famoso libro ‚ÄúBreves apuntes sobre algunos objetos prehist√≥ricos de la provincia de Santander‚ÄĚ.
 
Con el descubrimiento de las enigmáticas pinturas la fama de Altamira se extendió como la pólvora, atravesó fronteras y fue tema de conversación en foros de todo el mundo. En aquella época se conocía que los hombres del Paleolítico construían herramientas con piedras y huesos, pero nada se sabía de que tuvieran un arte figurativo propio.
 
Aquellos hombres y mujeres eran muy poco evolucionados, casi animales, ¬Ņc√≥mo iban a saber pintar o representar im√°genes con semejante realismo? A pesar de todo D. Marcelino estaba convencido de que aquellas pinturas correspond√≠an a una edad muy antigua y se propuso conseguir el reconocimiento de la importancia hist√≥rica de Altamira. No sab√≠a que empezaba para √©l una terrible batalla en la que se pondr√≠a en tela de juicio incluso su honorabilidad.
 
Finalizaba el siglo XIX y ciencias como la paleontolog√≠a o la arqueolog√≠a empezaban a dar sus primeros pasos pues no dispon√≠an de conocimientos ni medios suficientes. Por otra parte, hablar del hombre de la Edad de Piedra era casi un tab√ļ: la Iglesia acechaba y no estaba dispuesta a permitir que convirtieran a Ad√°n y Eva en dos ‚ÄúHomo Sapiens‚ÄĚ que vest√≠an pieles y cazaban bisontes.
 
La prensa y la comunidad científica internacional de la época también se debatían entre la versión que daba la Iglesia sobre la creación del hombre y la teoría de la evolución, así que Sautuola lo tenía francamente difícil, lo planteara como lo planteara.
 
Sautuola sabía que la cueva y sus restos pertenecían al Paleolítico, pero el enigma residía en las pinturas. La pericia en el trazo, el realismo de las figuras, la destreza en las técnicas de coloreado e incluso las posturas que el artista debió adquirir para realizarlas, era un desafío para el entendimiento. Pero Sautuola no estaría solo.
 
A su causa se uni√≥ Juan Vilanova, un m√©dico y naturalista considerado el m√°ximo experto espa√Īol de la √©poca en arte prehist√≥rico, que al visitar Altamira en 1880 no dud√≥ un instante y confirm√≥ a D. Marcelino el car√°cter paleol√≠tico del descubrimiento. Mano a mano, Sautuola con su libro y Vilanova con sus conferencias, se dedicaron sin desmayo a difundir la importancia del hallazgo. El revuelo levantado por las pinturas de Altamira har√≠a que numerosos miembros de la comunidad cient√≠fica internacional visitaran la caverna.
 
Pero las conclusiones de sus informes casi siempre eran las mismas: aun reconociendo el car√°cter paleol√≠tico de los √ļtiles encontrados, los dibujos y pinturas eran demasiado perfectos, demasiado complejos como para admitir que hab√≠an sido realizados en una √©poca tan remota. En contra del criterio de Sautuola y Vilanova, surgieron diferentes teor√≠as que atribu√≠an las pinturas a soldados romanos durante la ocupaci√≥n de Cantabria, a los fenicios, a culturas orientales, etc. Todo menos prehist√≥ricas.
 
Datarlas como paleolíticas era cuando menos una afirmación extravagante. Por si fuera poco, a D. Marcelino se le ocurrió llamar a un pintor francés para que reprodujera las pinturas del techo y poder llevar esas láminas como documentación del descubrimiento. Cuando se supo, lenguas demasiado suspicaces hicieron correr la voz de que el encargo de aquel artista era el de realizar las pinturas del techo de la caverna.
 
A lo largo de los a√Īos siguientes ambos se enfrentar√≠an a las descalificaciones de numerosos detractores; no s√≥lo se dudaba de la antig√ľedad de las pinturas sino tambi√©n de la autenticidad de las mismas. Pero Sautuola no desfallec√≠a. Consult√≥ al prehistoriador de m√°s prestigio en el mundo, el franc√©s Emile Cartailhac, pero √©ste tampoco quiso ratificar la antig√ľedad de las pinturas, a pesar de que algunas de ellas se encontraban cubiertas por microcristales del carbonato c√°lcico propio de las estalactitas.
 
Francia dispon√≠a de los expertos m√°s eminentes en la materia y la entrada de sus opiniones en el debate aviv√≥ la pol√©mica internacional. Altamira entraba en el olimpo de los yacimientos m√°s importantes de la humanidad, pero no por sus pinturas sino por la importancia de su arte mueble en silex, huesos tallados y √ļtiles.
 
Pasaron a√Īos en los que Altamira fue siendo devaluada y el trabajo de Sautuola y Vilanova desacreditado. Era inaceptable que unas pinturas realizadas con tanta maestr√≠a fueran obra de ‚Äúhombres salvajes‚ÄĚ. Se trataba de una falsificaci√≥n, un fraude para poner en entredicho a los especialistas en Paleontolog√≠a.
 
Las pinturas de Altamira fueron cayendo en el olvido y en 1888 D. Marcelino Sanz de Sautuola mor√≠a sin haber conseguido el reconocimiento de la autenticidad y antig√ľedad de aquellos bisontes, ciervos y caballos que tanto amaba.
 
Juan Vilanova, exhausto y con su credibilidad casi arruinada, quemaba sus √ļltimos cartuchos dando conferencias y tratando de demostrar que las pinturas ten√≠an el mismo trazo y t√©cnica que los animales tallados en los huesos encontrados en la caverna. Casi nadie le escuchaba ya.
 
Modesto por su parte, escrib√≠a al rey Alfonso XII reclamando el m√©rito como √ļnico y verdadero descubridor de Altamira y pidi√©ndole alguna recompensa tuviera o no importancia el hallazgo de la cueva, ‚Äúpues soy un pobre labrador de sesenta y un a√Īos que con grandes dificultades adquiere algo de lo m√°s indispensable para la vida‚ÄĚ.
 
Pocos tiempo despu√©s, a punto de finalizar el siglo XIX, tuvo lugar en el sur de Francia una cascada de acontecimientos vitales para Altamira: se estaban descubriendo numerosas cuevas que encerraban grabados y escenas de arte parietal (arte mural en las cavernas) de factura similar a las de Altamira. Excavaron sacando a la luz frisos y numerosas im√°genes cuya ejecuci√≥n si bien no llegaba a la perfecci√≥n de las del techo de Altamira, no cab√≠a ninguna duda de su antig√ľedad pues muchas de ellas estaban enterradas bajo capas de tierra intactas que pertenec√≠an a la √©poca del Paleol√≠tico.
 
Entonces la comunidad cient√≠fica internacional gir√≥ su cabeza hacia Cantabria y record√≥ que durante muchos a√Īos, hab√≠an tratado de farsantes a dos investigadores espa√Īoles, Sautuola y Vilanova. Los recientes descubrimientos franceses revelaban que aquellos hombres hab√≠an sido injustamente tratados y sus estudios inmerecidamente despreciados.
 
Todos sin excepci√≥n se retractaron de sus posturas y escribieron notas de reconocimiento a la labor y el tes√≥n de ambos, y as√≠, el propio Emile Cartailhac y su colega el abad H. Breuil escriben: ‚ÄúEs imposible dejar de rendir homenaje al observador espa√Īol (Sautuola): procede con m√©todo, con prudencia y con toda la calma necesaria: estaba muy al corriente de la ciencia prehist√≥rica, y no hay un solo error en su trabajo‚ÄĚ.
 
Y a√Īad√≠a que la cueva de Altamira era, "con mucho, la m√°s bella y la m√°s admirable, la conservaci√≥n de sus pinturas y grabados muy satisfactoria y que Espa√Īa debe tener a mucha honra protegerla, a fin de que el mundo sabio pueda siempre estudiarla‚ÄĚ. Fue el propio Breuil el que la defini√≥ como ‚Äúla Capilla Sixtina del arte paleol√≠tico‚ÄĚ.
 
Marcelino Sanz de Sautuola, un bibli√≥filo, naturalista y sobre todo, un enamorado de su tierra monta√Īesa, que en vida vio mancillada su honestidad, recib√≠a los honores y el reconocimiento de aquellos detractores que tanto da√Īo le hicieron.
 
Muri√≥ desautorizado sin saber qu√© suceder√≠a con sus pinturas de Altamira, sin saber que su nombre llegar√≠a a ser imperecedero en la historia de la humanidad. Pero alg√ļn pastor de la zona dice que por las noches, en esa caverna en la que nadie puede entrar por razones de conservaci√≥n, puede verse una figura con un candil de carburo en una mano y una ni√Īa en la otra. La peque√Īa juguetea por las galer√≠as y √©l pasea bajo aquellos bisontes con sonrisa satisfecha mientras les dice: ‚ÄúHoy, en la eternidad, he conocido a vuestro autor‚ÄĚ.
 
 
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Pedro Pinto

Excelente!

26/08/2017

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