17/04/2010

√Črase una vez Pakist√°n

√Črase una vez Pakist√°n



Hace casi un mes embarcaba en Islamabad en el vuelo que me traía a casa después de muchas semanas de viaje por la Ruta de la Seda. Deshaciendo todavía el equipaje, me enteré de la noticia: un terremoto de gran magnitud había asolado Pakistán, dejando un balance de más de 40.000 muertos y desaparecidos.

Todos los derechos reservados. Estos reportajes se publican también en la web especializada en fotografía "quesabesde.com"
Un se√≠smo se ha cebado con Pakist√°n. Reci√©n llegado a casa tras varias semanas por aquellas remotas tierras, me entero de la tr√°gica noticia. Corro a la sala y enciendo la televisi√≥n. En la pantalla se suceden im√°genes de sitios que acabo de visitar y ahora est√°n devastados, cubiertos de escombros o simplemente desaparecidos.
Se oye un rugido atávico y a continuación se abre la tierra con apocalípticas contracciones. Aldeas, cosechas, personas, animales… todo a su paso queda sepultado. Su rastro es la destrucción total y las imágenes de los supervivientes.
 
Ni√Īos medio desnudos llorando y gateando alrededor de un cad√°ver parcialmente enterrado por las piedras.
Mujeres kashmires que se abofetean en las mejillas, como queriendo despertar de una aterradora pesadilla.
 
Hombres con indumentaria t√≠picamente afgana y past√ļn que luchan denodadamente por rescatar de entre los escombros alg√ļn cuerpo.
En la televisión, una voz con sonido telefónico narra entrecortada lo que está pasando: "El seísmo ha destrozado la precaria red de carreteras y comunicaciones del país."
"La situación empeora por momentos, las vías están colapsadas por los masivos desplazamientos de personas y los convoyes de vehículos y animales…".
"‚Ķ las fuertes lluvias de las √ļltimas horas han multiplicado el caos, la ayuda es escasa y desorganizada".
Y en la pantalla del televisor, las imágenes siguen desgarrando el alma: mujeres con la expresión aturdida, vagando sin rumbo, tal vez escogiendo un barranco para lanzarse y reunirse con sus seres perdidos…
Dos ni√Īos de siete y nueve a√Īos rescatan a su hermana de entre los escombros y la llevan hasta un campamento del ej√©rcito cargando con el beb√© en brazos. "Son verdaderos h√©roes", destaca un general pakistan√≠. "Dicen que su casa ha sido destruida, que sus padres han muerto y que no queda nadie con vida en su aldea."
Un hombre sentado en el suelo sostiene sobre sus piernas el cadáver de alguien que parece su hermano. Le acaricia la cara mientras con los ojos inundados de lágrimas mira alternativamente al cielo y a ese cuerpo inerte, buscando una explicación que nadie le dará.
 
M√°s all√°, una mujer arrodillada en un mont√≠culo, con la cara y los brazos extendidos sobre los cascotes de lo que queda de su hogar, permanece inm√≥vil; ya no llora, ya no grita llamando a los que han quedado debajo sepultados. Tampoco le quedan fuerzas ni u√Īas para seguir ara√Īando la tierra.
Terminan de dar la noticia en la televisión y pasan a otros temas. Apago el aparato y me quedo sentado en el sofá, tratando de asimilar lo que acabo de ver.
No sé cuanto tiempo he pasado así, pero cuando reacciono debe ser bastante tarde: el sol, a través de la persiana, dibuja líneas de luz en la penumbra de la habitación.
Me levanto medio aturdido del sofá y me siento en el ordenador dispuesto a transcribir mis notas de viaje para un nuevo artículo.
Leo mis comentarios escritos a mano y repaso las fotografías que he traído de Pakistán…
No puedo pensar, no puedo contar. La catástrofe ha devastado también mi corazón.
Enmudecido el recuerdo por tanto dolor, esta vez no puedo escribir.
Por eso, en este reportaje de hoy apenas hay palabras, s√≥lo fotos. Sean ellas mi oraci√≥n por esa tierra salvaje, por ese humilde pueblo que me rob√≥ el coraz√≥n.√Črase una vez Pakist√°n.
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