27/03/2010

MALI

País Dogón: el pueblo que aprendió a vivir de los lagartos.



Al Oeste del Sahel, en tierras de Mali, una falla emerge de la nada, una cresta rocosa interrumpe la infinita llanura semidesértica. Es territorio de baobabs y escorpiones, la patria de los dogones, uno de los pueblos más antiguos de la humanidad, una cultura que ha sobrevivido a siglos de incomunicación en este árido paisaje, pero que perecerá en pocas décadas bajo la presión del turismo.

El Sahel es una de las zonas menos conocidas del planeta. Discurre a lo largo del paralelo 13 formando un pasillo de más de 500 kilómetros de ancho que sirve de transición entre el desierto del Sahara y las selvas tropicales del África central. El Sahel, que en árabe significa "la orilla", lejos de unir los pueblos árabes del norte con las comunidades negras del sur, los separa: aleja el islam de las creencias animistas del África profunda, aísla las arenas calcinadas del Sahara de las frondosas selvas centroafricanas.
 
Los pueblos árabes son los habitantes del norte del Sahel.
Lo que no cabe duda es que el Sahel es una frontera geográfica y cultural, una tórrida línea divisoria que transita por infiernos como Sudán, Chad, Níger o Mali, donde sólo los pueblos elegidos han podido sobrevivir.
 
El árido paisaje del Sahel con esa neblina de polvo que levanta el viento cada día.
Precisamente en Mali se encuentra uno de las tribus más emblemáticas del Sahel: los dogón. Al este de Mopti, una de las ciudades más importantes de Mali, se encuentran los acantilados de Bandiagara, una falla geológica que se extiende a lo largo de 200 km a través de la desoladora meseta del Sahel.
 
La meseta vista desde lo alto del acantilado de Bandiagara
En un paisaje de piedra y arena donde la vida parece imposible, se levantan las aldeas del País Dogón colgadas al abrigo de este acantilado que les proporciona sombra, agua cristalina que mana del subsuelo y refugio contra sus enemigos, como los tuareg, que merodeaban por el Sahel para capturarlos y venderlos como esclavos.
 
Los tuareg fueron cazadores de esclavos.
En este territorio aislado y remoto empiezan a verse algunas formas de vegetación. El Sahara afloja sus garras y aparecen los primeros baobabs que con su porte gigantesco y sus formas rotundas luchan por no morir calcinados bajo el sol o abrasados por el viento arenoso que los azota.
 
No parece posible que en esta tierra tan árida crezcan árboles de este tamaño.
El pueblo dogón procede de las montañas Mandinga, en la frontera con Guinea, y su cultura es una de las más antiguas y singulares del planeta, basada en un animismo profundamente respetuoso con su medio natural. Hacia el siglo XV los dogón se vieron obligados a huir de su tierra para evitar el enfrentamiento con los árabes que pretendían obligarles a abandonar sus creencias animistas y convertirlos al Islam.
 
Amanece sobre una choza dogón. Al fondo la falla de Bandiagara.
En esta migración, remontando el Níger, encontrarían el acantilado de Bandiagara, el único refugio posible en 1.000 kilómetros a la redonda. Todo lo demás era un plato de arena y piedra bajo la canícula. Pero la falla ya estaba habitada por otra tribu que moraba allí desde tiempos remotos, unos hombrecillos pertenecientes a un grupo étnico de raza pigmeoide que sorprendentemente vivían en este lugar tan alejado de las selvas lluviosas del Congo, Camerún y los Grandes Lagos donde se encuentran todas sus tribus hermanas.
 
Las oquedades en la pared corresponden a las viviendas de los Tellem.
Estos pigmeos debido a su pequeño tamaño eran físicamente más débiles que cualquier otra tribu, así que para defenderse del ataque de sus enemigos construían sus hogares horadando la pared del acantilado a varios metros de altura. Para escalar a estas oquedades se valían de cuerdas fabricadas con corteza de baobab. En su interior almacenaban agua, víveres y pieles para abrigarse y cuando llegaba la noche o presentían algún peligro izaban la liana convirtiendo su morada en un fortín, pues no existía ningún medio para llegar hasta ellos y atacarles.
 
Viviendas construidas a más de 20 metros de altura.
El vivir en lo alto de las paredes verticales de la montaña así como ascender y descender por las cuerdas con pasmosa agilidad hizo que los dogón les bautizaran con el nombre de “Tellem”, que significa “hombres pájaro” o voladores. Así pues los dogón se establecieron, al parecer pacíficamente, junto a los tellem a los que pidieron permiso para cultivar la tierra. Los pigmeos, que eran cazadores-recolectores se lo dieron y este hecho aparentemente intrascendente fue el que propició la desaparición de los pigmeos de aquella zona.
 
Las aldeas dogón se levantaron al pie de la pared habitada por los Tellem.
Al extenderse los cultivos se talaron muchos árboles, de manera que los tellem tenían que ir cada año más lejos a buscar las bayas y los frutos de los que se alimentaban. También la caza estaba cada vez más lejana y un buen día, según cuenta la leyenda dogón, los tellem desaparecieron misteriosamente. Nunca más se supo de esta etnia, quedando toda la falla para el establecimiento definitivo de los dogones.
 
Otra aldea dogón vista desde la cara Este de la falla de Bandiagara.
En la actualidad el País Dogón practica una religión producto del sincretismo entre el Islam y el animismo. Muchas aldeas ostentan una pequeña mezquita. Se practica la poligamia y la ablación, aunque cada vez menos, y todos sus ritos y celebraciones rezuman aquellas viejas creencias animistas que siempre les han acompañado.
 
Unos niños acaban de salir de la escuela. Al fondo la mezquita.
Los dogones también mantienen la norma de la circuncisión, el momento más importante en la vida de un varón adolescente. Una vez cada tres años, los niños en edad de ser circuncidados son llevados a un recodo apartado de la montaña, un lugar dedicado exclusivamente a la preparación para su circuncisión.
 
Un escarpe de la montaña defiende del viento y el sol el lugar sagrado de la ceremonia.
El grupo de niños permanecerá durante varios días en este escarpe de la falla acompañado por tres adultos. Dos de ellos les proporcionarán enseñanzas útiles para su nueva vida de adultos y el tercero algo así como un “marabú” o guía espiritual será quien les haga el corte en el prepucio y les aplique en la herida la medicina tradicional hecha a base de semillas y hierbas.
 
El lugar con las piedras donde se sientan los niños. En el centro están la del marabú y la de circuncidar.
A pesar de que la circuncisión es un rito musulmán, la que practican los dogón no tiene nada que ver con el Islam, es una ceremonia primitiva completamente animista, donde se llevan a cabo rituales de culto a ídolos zoomorfos y otras formas desconocidas. Antes de realizar la circuncisión pintan en la pared unos símbolos llamados “tapices” que representan la divisa de cada familia. Al mismo tiempo se restauran los ideogramas antiguos, cuya pintura ha sido lavada por los agentes climatológicos.
 
Los ideogramas recién restaurados: ha sido año de circuncisiones.
Si los colores son vivos, como en el caso de las imágenes, significa que ha sido año de circuncisiones, lo que hace que puedan verse con gran claridad tapices de varios siglos de antigüedad, incluso alguno realizado por los antiguos Tellem.
 
Una serpiente con cuernos, la divisa de una arcaica familia pigmea.
La oquedad donde se celebra la circuncisión es un lugar muy especial donde nadie puede ir salvo los niños que deben pasar el tránsito a adultos. Muy cerca, suele haber una pequeña cueva donde se guardan los instrumentos y herramientas mágicas que el marabú o hechicero emplea cada vez que requiere la atención de los dioses. Son objetos sagrados que no deben tocarse fuera del momento indicado ni por personas no escogidas, de lo contrario caería la desgracia sobre ellas.
 
En la cueva el hechicero hace sonar un instrumento sagrado.
Cuando la circuncisión ha finalizado y las heridas de los jóvenes han cicatrizado se da por terminada la ceremonia celebrando una carrera en la que se obsequian tres regalos a los tres primeros clasificados: una buena vaca, un silo lleno de mijo y la joven más bonita de la aldea.
 
Una hermosa muchacha dogón.
Los chicos circuncidados no saben de esta tradición, ya que se conserva en secreto (algo así como lo que sucede en nuestra cultura con los reyes magos). El mejor regalo se le da al tercer clasificado, y no es otro que el silo lleno de grano. Si un joven tiene el granero lleno posee algo muy valioso porque podrá vender o cambiar mijo por vacas y las mujeres guapas también querrán estar con él porque tendrá mucho grano almacenado, así que ¿por qué tener una mujer o una vaca pudiendo tener varias?.
 
El mijo, un tesoro en esta tierra.
Al caminar por las aldeas dogón lo primero que llama la atención del viajero es el ceremonioso saludo que se dedican entre ellos cuando se encuentran. Se interesan por los abuelos, por los padres, por cada una de sus mujeres y por cada hijo… ¡y tienen una media de siete por esposa!.
 
Las hijas mayores ayudan a cuidar a sus hermanos pequeños.
Una vez que han terminado con la familia se preguntan por los ganados y las tierras, pudiendo pasar medio minuto saludándose. Uno interroga y el otro a cada pregunta contesta lo mismo: “Seo” (bien). Así pues, un saludo es algo así como:
 
¿Qué tal está tu padre? - “Seo” (bien), responde el interrogado. ¿Qué tal tu madre?.... - “Seo”. ¿Qué tal tu mujer Fatoumata?.... - “Seo”. ¿Qué tal tu mujer Aissatou?.... - “Seo”. ¿Qué tal tu mujer Mariama?.... - “Seo”. ¿Qué tal tu hijo Mamadou?.... - “Seo”. ¿Qué tal está tu hija ….  - “Seo”. ¿Qué tal tu rebaño de cabras? .... â€“ “Seo” ¿Qué tal tu vaca? .... â€“ “Seo”   etc.
 
La escuela de un poblado. Pequeña pero impecable.
En la cultura dogón la mujer es libre para abandonar al hombre. Si él no es un buen marido, no trabaja lo suficiente o no la trata como merece ella puede dejarle por otro hombre que se porte mejor. Esta singular libertad de las mujeres dogón choca con otra de sus viejas costumbres, la de encerrarse con agua y alimentos en una casa redonda especial llamada “casa de la mujer” durante los días de la menstruación. No pueden acercarse ni hablar con nadie hasta que no completen el período.
 
Dos “casas de la mujer” para pasar el período de la menstruación.
Las mujeres, como en tantas culturas, cargan con el peso de todos los trabajos domésticos y parte de los agrícolas y ganaderos, pero a diferencia de otros pueblos, tratan de mantener una cierta independencia del hombre. Para ello utilizan diversos medios, como el que les proporciona la cerveza de mijo, que elaboran no para beberla en familia u obsequiarla sino para vendérsela a sus maridos o a otros hombres. Con la venta o trueque consiguen la autonomía económica que tratan de mantener. Una interesante muestra más de la curiosa libertad que posee la mujer dogón.
 
Cerveza elaborada a base de mijo. El problema no es el sabor sino la temperatura, similar a la de un consomé. Aquí no existe la bebida fría.
Pero de todas las experiencias vividas en este País Dogón la que más impacta es ver a estas mujeres trasladándose por el acantilado cargadas con pesos de hasta 30 kg sobre la cabeza.
 
Desde el amanecer ya acarrean leña por los senderos del acantilado.
Van de una aldea a otra para comprar, vender o cambiar verduras y mercancías, pero el viaje no es fácil. Caminan por senderos situados en el filo de la ladera, donde una cabra se lo pensaría dos veces antes de pasar, ascienden por caminos prácticamente verticales de rocas inestables, descienden en picado por barrancos, a veces salvándolos a través de un tronco cruzado sobre el precipicio al que es recomendable no mirar…
 
Hay que pensárselo dos veces antes de pasar algunos tramos. Un resbalón puede ser mortal.
Siempre erguidas y mirando al frente para que no caigan los pesados fardos de sus cabezas caminan a ritmo, sin detenerse, apoyando sus pies descalzos con prodigiosa seguridad sobre las aristas de las rocas sueltas.
 
En fila india suben cuestas increíbles sin mirar al suelo y sin ayudarse de las manos
En algún tramo donde la empinada senda ha desaparecido a causa de los desprendimientos, los hombres han tallado escaleras con peldaños movedizos e irregulares que terminan por romper las piernas de los no iniciados.
 
Las terribles escaleras tampoco desaniman a estas valientes mujeres.
Pero ellas siempre miran al frente, como si supieran de memoria donde tienen que colocar cada pie para no desplomarse por los acantilados de Bandiagara. De vez en cuando se paran para dejar pasar y observar con sus enormes ojos a algún viajero que exhausto y sin aliento realiza un treking por este extraordinario lugar.
 
Un hombre camina por el borde del precipicio de Bandiagara.
Mujeres dogón, incansables, alegres, siempre con una canción en la garganta. Herederas de los caminos de Bandiagara, mujeres admirables que reciben la herencia cultural de sus madres y la trasladan a sus hijos en forma de cuentos, como aquél que oí en un atardecer asfixiante y que decía así:
 
Un anciano sorprendió a un niño cortándole la cola a un lagarto y le dijo: “Te gustaría que te hiciera yo a ti lo mismo? Debes respetar al lagarto, porque él estaba aquí antes de que nosotros llegáramos y nos enseñó cómo vivir en esta tierra”. Pueblos viejos, pueblos sabios, que por habitar en tierras hostiles aman la vida con desesperación y valoran hasta la más pequeña cosa que la naturaleza les concede.
 
Este artículo puede leerse también en la web quesabesde.com, dentro de la sección 'Diarios de un fotógrafo nómada'. Prohibida su reproducción total o parcial.
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MARIA JOSE MARSOL

HE DISFRUTADO MUCHISIMO CON SU REPORTAJE MARAVILLOSO, ES MUY INTERESANTE Y ESTÁ MUY BIEN DOCUMENTADO . LE FELICITO POR ÉL . GRACIAS POR ENSEÑARLO.
UN SALUDO
MARSOL.

28/03/2012

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