31/03/2010

Almadieros: Los navegantes del Pirineo.

Almadieros: Los navegantes del Pirineo.



Todavía en tiempos no muy lejanos, había unos hombres que navegando durante días sobre balsas de troncos, bajaban por los ríos pirenaicos en busca del Mediterráneo y del sustento para sus familias.

En varios valles del pirineo navarro y aragonés, algunos de sus pueblos vivían de cortar madera y acarrearla hasta Zaragoza o la desembocadura del Ebro en el Mediterráneo, lugares donde escaseaban los bosques y, por tanto, la madera.
 
Bosques frondosos del valle de Aezkoa.
En el caso de Navarra, valles como Roncal, Aezkoa o Salazar basaban su prosperidad en la producción de lana de oveja y la explotación de un inmenso patrimonio forestal que llegaba hasta la Selva de Irati.
 
La vida es dura en estos valles, pero las estampas son de gran belleza.
Montañas, valles, bosques, ríos, rebaños pastando en los prados, pequeños pueblos... Un paisaje bucólico que hoy en día se mantiene prácticamente intacto debido a que a través de los siglos los habitantes de estos valles han realizado una explotación racional y sostenible de su tesoro forestal, cuidando muy mucho la rotación y tala de los bosques para no agotarlos.
 
Amanece: el deshielo coincide con el despunte de las primeras hojas.
Oficios duros para hombres sin miedo. El otoño e invierno lo pasaban en las altas nieves, talando los mejores árboles, atándolos con lianas y construyendo junto al río las "almadías" (en Navarra) o "navatas" (en Aragón).
 
Cae la noche sobre las montañas del valle de Salazar.
De sol a sol abatiendo troncos cuya madera con el gélido invierno endurecía como la roca, descortezándolos, transportándolos por barrancos traicioneros, manejando poderosos mulos de gigantesca alzada, una variedad de esta raza solo conocida en aquellos recónditos valles pirenaicos.
 
Cada almadía esta formada por varios tramos, unidos por las vergas, ramas laboriosamente retorcidas.
Pero si los días eran difíciles las noches no lo era menos, durmiendo junto a las hogueras, bajo el frío glaciar de las noches estrelladas con el único abrigo de las pieles de oveja con las que vestían.
 
Descenso en zona de meandros; las aguas cada vez son más rápidas.
Estando todos los tramos unidos, la almadía quedaba terminada, solo tenían que esperar a que comenzara el deshielo. Con la subida del nivel del agua, echaban las balsas al río y montados sobre ellas las iban dirigiendo con destreza para que no se partieran en mil pedazos entre las rompientes y rocas del vertiginoso descenso.
 
El pantano de Yesa -llamado el mar del Pirineo- y el transporte por carretera terminaron con los almadieros.
En uno de estos valles navarros, el de Roncal, el río Esca llevaba a las almadías y los hombres hacia el Sur, donde había aguas más tranquilas y la esperanza de una buena venta en los mercados y puertos fluviales de Sangüesa o Zaragoza.
 
Sigües: monumento al almadiero.
Cuando iniciaban el descenso, las mujeres esperaban en los puentes y orillas del Esca para ver pasar a sus maridos, hermanos o hijos deslizándose velozmente sobre sus cabalgaduras hacia lejanas tierras, desconocidas para ellas que nunca habían salido del valle.
 
Rebaños de ovejas pacen en estos ricos pastos piremaicos.
Mujeres que sabían mucho de soledades, pues sus hombres pasaban meses fuera de casa, cuando no era cortando y acarreando madera, era llevando sus rebaños de ovejas a pastos lejanos por las cañadas de la trashumancia.
 
Mujeres de Burgui, ataviadas con llamativos trajes tradicionales roncaleses.
Durante estas ausencias eran ellas las que cuidaban de la casa, las huertas, los niños, los ancianos... Y una vez terminadas todas las tareas, sentadas a la puerta de sus casas, retorcían las "vergas", esas ramas con las que ellos ataban los troncos de las almadías.
 
Poco a poco el río se va haciendo más dócil, pero hay que estar atento a las rocas que surgen del fondo.
Así pasaban estas mujeres las largas esperas, año tras año, trabajando sin desmayo y en los atardeceres, juntándose en la plaza de la iglesia para hablar de viejas historias en un idioma que también habían hecho especial: el roncalés, un dialecto ancestral del euskera, que se extinguió hace 25 años al morir la última anciana que lo hablaba.
 
El puente de Burgui, testigo silencioso de tantas despedidas.
Mientras tanto, los almadieros seguían descendiendo por rápidos y meandros. En su zurrón unas hogazas de pan, un buen trozo del mejor tocino de casa y un queso de Roncal. Con estos ingredientes elaboraban las "migas", la única dieta que tendrían durante toda la travesía.
 
En ciertas zonas, las aguas se amansan y los hombres aprovechan para relajarse antes del siguiente rápido.
Y en los puentes de Burgui, de Sigües, de Roncal, las mujeres. Una mano agitando el pañuelo en señal de despedida, la otra cerrada sobre el corazón, tratando de ahogar la preocupación que les acompañaría durante las próximas semanas, pues más de una vez los rápidos del río se cobraban la vida de alguno de aquellos valientes.
 
Brasas para cocinar las migas y dar calor por las noches.
Río abajo, al caer la noche los almadieros paraban en algún recodo de aguas mansas y poco profundas, amarraban las almadías, saltaban a tierra y en una hoguera cocinaban las migas.
 
Candiles de aceite y de carburo para iluminar las largas noches de invierno.
Después buscaban un sitio resguardado y bajo la piel de oveja y el manto de estrellas, dormían soñando con volver a casa con una bolsa de monedas, la alforja llena de regalos para sus hijos, telas para sus madres, jabón perfumado para sus mujeres y, tal vez, alguna buena navaja para ellos.
 
Río abajo, las aguas discurren mansamente. El destino está próximo.
Y ellas mientras tanto, en el silencio de la casa, cuando todo el mundo se había acostado, a la luz de un candil de grasa rezaban una oración, para que ellos volvieran y todo siguiera igual un año más.
 
Los almadieros ya han vendido la madera. Ríen felices, pues ese año no faltará de nada en sus hogares.
Y un buen día, sonaban los "trukos" y se oían gritos, risotadas y canciones a lo lejos. Volvían los almadieros. Ellas, con los ojos empañados y conteniendo el aliento contaban cuántos venían, hasta comprobar que no faltaba nadie. Entonces salían corriendo y llorando de alegría buscando los fuertes brazos de aquellos hombres que tanto habían esperado.
 
Desde muy niños, se les transmite la herencia cultural del valle.
El aire limpio se mueve haciendo bailar las hojas de los árboles. A mi lado pasa una almadía. Navegan en silencio, todos conocen su tarea. Uno de ellos levanta su "txapela" con la mano y me saluda en silencio mientras el resto de la cuadrilla boga atenta a los remolinos de agua.
 
Son descendientes de aquellos almadieros. Hombres rindiendo homenaje a sus antepasados, manteniendo con orgullo la cultura que les dio todo lo que son.
 
Estos reportajes se publican también en la página web "quesabesde.com"
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